RAIGAMBRE

Revista Cultural Hispánica

miércoles, 23 de octubre de 2013

DESENGAÑO Y PESIMISMO EN ESPAÑA



Por Antonio Moreno Ruiz



Analizando figuras como Luis Rosales o Rafael Sánchez Mazas, se pregunta uno por qué, perteneciendo al –en teoría- bando vencedor, les queda esa sensación de desengaño que tan bien sale plasmada en la película “Soldados de Salamina”. Tres cuartos de lo mismo ocurre si leemos la gran recopilación que dirigieron Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga, Requetés, de las trincheras al olvido. Dicen no pocos carlistas que se ganó la guerra pero se perdió la paz. Probablemente, a los más jóvenes les costará encontrar un sentido a esto.

El poeta falangista Ángel María Pascual escribía:

“A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado;
a ti que gimes sin oír al lado
aquella voz segura de otras veces:

te envío mi dolor. Si desfalleces
del acoso de todos, y cansado
ves tu afán como un verso malogrado:
bebamos juntos en las mismas heces.

En tu propio solar, quedaste fuera,
del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.

El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del alba, primavera.
Pon arriba tus ojos, siempre arriba.”


Reiteramos: ¿Después de ganar una guerra se escribe esto?


Al terminar la Segunda Guerra Mundial, parece que una enorme y fatalista sensación de desengaño se extendió por muchas cabezas pensantes de la sociedad española. No sé si es que hasta finales de los años 30, hubo una suerte de “exceso de idealismo” que se desvaneció, tras una fecundidad cultural avasalladora. No sé si en verdad, el nefasto y acomplejado ambiente pesimista inyectado por la Generación del 98 y el Regeneracionismo en los años de la pérdida de Cuba volvió de repente, al ver el país nuevamente devastado en tan poco tiempo… No lo sé, la verdad. Pero lo curioso es que buena parte de entrambos bandos coincidía en algo básico: La España que se gestó a principios del siglo XIX y que no había parado de decrecer tenía que morir. Ninguno se esperaba que España acabara rodeada de democracias liberales triunfalistas. De hecho, buena parte del pueblo español culpaba, con mucha razón, al liberalismo (Que había llegado siempre por el golpe militar) de los problemas de la España contemporánea. El liberalismo era profundamente despreciado y, sin embargo, era lo que rodeaba por todas partes.

La Falange había perdido trágicamente a sus mejores mentores. Franco comenzaba en plena guerra un experimento totalitario que, amén de amordazar lo que quedaba de la Falange dirigente, esto es, Manuel Hedilla, pretendía inmovilizar al carlismo, que era la organización civil que más había aportado al Alzamiento. No en vano dice el periodista Vicente Talón Ortiz que Franco no habría ganado la guerra sin los requetés. Manuel Fal-Conde, quien se opuso a la política de partido único y quien quiso, junto con lo sanable de las fuerzas armadas, crear una academia militar carlista que fuera la punta de lanza de una renovación en el ejército, todavía infectado de masonería, fue condenado al destierro y el patrimonio de la Comunión Tradicionalista fue secuestrado. En verdad no les habría temblado el pulso a los militares de haber condenado a muerte a Hedilla y Fal, pero no eran tontos y sabían de los perniciosos efectos que aquello podría tener.

Comunistas y socialistas, en cambio, esperaban una milagrosa intervención de la Unión Soviética que trastocase el signo de la guerra y convirtiera a España en una colonia del poder de Moscú. Y eso no pasó. El mismo bando rojo tuvo sangrientas divisiones. Todavía a día de hoy comunistas y anarquistas se pasan la pelota sobre los crímenes de supuestos “incontrolados”. La influencia de Stalin fue tal que en España tuvimos una purga antitrotskysta dirigida por él, que pagaron los del Partido Obrero de Unificación Marxista a través de Andreu Nin. Hubo comunistas recalcitrantes que engrosaron las filas del maquis. Fueron terroristas que se encontraron con la oposición de un pueblo harto de comunismo y guerra, y en cuanto la URSS dio la voz, se bajaron del burro. Ese desengaño comunista acaso fue bastante bien expresado por Enrique Líster. Cuenta el periodista Eduardo García Serrano que, en una entrevista que años ha le realizó al montaraz gallego que se crió en Cuba dijo que como le volviera a mentar a Santiago Carrillo, se iba. En la hoz y el martillo había triunfado, en el dorado exilio, la rata de retaguardia, el delator, el regalado por Ceaucescu, el que llegó a traicionar a sus camaradas. En cambio los que se jugaron los cuartos en el frente fueron olvidados. No parece ser muy distinto el bando nacional. En el régimen, personajes tan oscuros como Gutiérrez Mellado y Arias Navarro escalaron peldaños sin problemas….

¿Por qué?

Je, buena pregunta….


No obstante, el desengaño empezó ya en la II República. De los que el historiador Nicolás Salas llama “republicanos del 31”, no quedó ni uno que defendiera el régimen al cabo de cinco años. Tenemos la famosa frase de José Ortega y Gasset, quien consagró buena parte de su obra a propagar el complejo de inferioridad y un europeísmo indefinido: “No era esto, no era esto”. Gregorio Marañón, Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez tuvieron opiniones parecidas. Alejandro Lerroux, uno de los más veteranos partidarios de la República, acabó abominando y apoyando al bando nacional, caso relativamente parecido al de Francesc Cambó. Era lo que Francisco Largo Caballero llamaba “la república burguesa”, ésa que había derribar con la bandera tricolor, para colocar solo la bandera roja de la Revolución que entonces preconizaba el PSOE amenazando con guerra civil desde 1933.

¿Toda la culpa es de Franco? No, en absoluto. Desde luego, la intentona totalitaria le salió muy mal, provocando más hambre y corrupción de la cuenta. Su actitud para con carlistas y falangistas fue, cuanto menos, canallescamente ingrata. No la de él a solas, sino la de todo el entramado militar. No olvidemos, pues, que si hay alguna institución que en España haya defendido con uñas y dientes el liberalismo y la masonería, ésa ha sido el ejército. Así que esos gritos de “¡ejército al poder!” que se podían escuchar hasta los años 80 estaban muy mal encaminados….

El caso es que ya en la postguerra, mucha gente se olvidó de la “política”. La cosa era subsistir y levantar el país. Y mal que bien, así se hizo. En 1975, España era la novena potencia industrial del mundo y tenía un 3% de desempleo. No está nada mal. Nos daríamos hoy con un canto en los dientes. Aunque el régimen inoculaba vicios que luego la cleptocracia ha multiplicado desmesuradamente, lo que es, es. El franquismo tuvo una inteligencia sociopolítica que no se puede negar. La justicia social se hizo real en muchos campos y se creó una clase media. El sistema educativo, si bien adolecía de un aprendizaje contundente de idiomas, era de los mejores de Europa. Empero, el precio que se pagó fue demasiado caro. Nos encaminamos definitivamente hacia ese mundo demoliberal que, con la CIA, interfería a placer en nuestra política, desde la instalación de bases militares al asesinato del presidente Carrero Blanco.

Ya se había ido aquel “idealismo” de Dionisio Ridruejo y de aquellos que creían que por fin había llegado la hora de recuperar la espiritualidad imperial de España? Pues Ridruejo, a los  pocos años, resulta que era demócrata…. Eso de tomar Gibraltar se fue olvidando… La Falange se deshacía en un cúmulo de divisiones y el carlismo no era menos. Y no todo fue culpa del príncipe felón Carlos Hugo, que si bien hizo bastante mal, no se le debe la exclusividad. Ideas extrañas comenzaban a pulular desde hacía tiempo, aunque, como de costumbre, el pueblo carlista las rechazara y mantuviera el legado enhiesto. El régimen cercaba a la “oposición interior“ constructiva y sin embargo, llenaba de prebendas a los que descaradamente se perfilaban como enemigos.  Y el problema es que el clero dejaba de ser un asiento espiritual para convertirse en un puente al servicio del futuro poder.
Con todo, ¿podríamos hablar de “desidia ideológica”? Tal vez. Ya entrando en el desarrollismo, con esas ganas de “abrirse al mundo” que, asimismo, un clero que le había visto las orejas al lobo demasiado cerca, sin embargo ahora mostraba; en fin, es ahí que se forja una avalancha de cinismo y materialismo, al alimón de una fiebre ultraprogre que va penetrando en la misma Iglesia, con una intervención directa sobre las conciencias…. Peligrosa combinación para un pueblo que tiende a exagerarlo y magnificarlo todo, según recordaba ya en el siglo XIX José Donoso Cortés….

En el bando nacional nunca sentó bien la muerte de García Lorca. Se reconoció como un error desde primera hora, no ya por los burócratas arrimados o por los “camisas nuevas”, sino por la gente de primera línea, que poco o nada tenía en contra de aquel genio de nuestras letras. En cambio, no parece que los republicanos hayan dicho nada acerca de execrables asesinatos como el del mentado Amigo, o los de José María Hinojosa (Amigo de Lorca y colega de la Generación del 27), el dramaturgo Pedro Muñoz-Seca, el ensayista Ramiro de Maeztu... O hasta de Melquíades Álvarez, que era un intelectual republicano liberal progresista… O cómo anteriormente, las turbas revolucionarias de la Asturias del 34 habían destrozado la biblioteca de la universidad de Oviedo, obra y gracia de la krausista Institución Libre de Enseñanza… Por ello, como corolario de estos escritos, hemos de volver a la figura de Luis Rosales, uno de los eximios poetas que nos ha querido birlar la envidia sectaria. En un escaso margen de tiempo vio cómo mataban a dos de sus admirados amigos: Federico García Lorca y José María Amigo. De hecho, Rosales conoce a Lorca presentado por Amigo, catedrático de literatura. Al primero lo mataban los nacionales, al segundo los republicanos. Cuando Luis hablaba de Federico o de la política, su rostro mudaba. La desazón copaba la expresión del vate granadino. Una desazón cuyo dibujo sería imposible. Hay que verlo y escucharlo, simplemente. Quien no haya conocido a hombres de esta época, no podrá entender nada. Porque eran otros hombres, otra gente, hasta otra “raza”, incluso independientemente de sus ideas políticas. No todos eran pesimistas o desengañados, todo hay que decirlo. Conocí a excombatientes que en modo alguno estuvieron incómodos en el régimen. No obstante, yo insisto en eso del desengaño porque a priori no se entiende y fue algo que marcó a muchos, a más de lo que se piensa. Y si no entendemos cierta psicología, no captaremos las profundas raíces de nuestros problemas y a lo sumo llegaremos a otro enésimo “parche”, pero no a la solución. Hay que indagar en esa Iberia sumergida (Utilizando el término del poeta Gabriel Celaya) porque buscando, pero buscando bien, es como se encuentra.

Así las cosas, ante la desmoralización que a veces nos atenaza, evoquemos aquellos versos que el bilbaíno Ramón de Basterra dedicó a los jóvenes dolorosos:

“Oh, joven doloroso, joven triste
Que sufres como yo el mal de España
Y que una negación honda, en tu entraña
Tienes, clavada, contra lo que existe.

Tu virgen corazón vibra de saña,
De santa saña porque no tuviste
Lo que pidió tu amor cuando naciste:
De la Patria, una idea y una hazaña.

La general inepcia fue el veneno
Que atosigó tu juventud vehemente,
Y de asco y de dolor yo te sé lleno.

Mas el futuro es nuestro y esa gente
Que hizo nuestra desgracia, ¡se va al cieno!
Hermano, aquí va un ósculo a tu frente.”



Mientras hay vida, hay esperanza. Que los muertos entierren a sus muertos. Recojamos lo mejor del pasado para un futuro mejor aprendiendo de los errores; y así, acabaremos con este presente tan oscuro y por fin habremos llegado a nuestra justa meta.

¡Viva España!

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