RAIGAMBRE

Revista Cultural Hispánica

sábado, 20 de julio de 2013

"LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA" DE JOSE MARÍA SALAVERRÍA (1ª parte)


Don José María Salaverría (1873-1940)


EL "SÍ" A ESPAÑA CONTRA EL NIHILISMO DE LA GENERACIÓN DEL 98

Por Manuel Fernández Espinosa
José María Salaverría (1873-1940) fue un prolífico periodista, crítico, novelista y ensayista que muy temprano fue injustamente olvidado tras su muerte. En vida fue un escritor que cosechó éxito y que tuvo muchos lectores que lo seguían en los diversos periódicos para los que escribía. Sin embargo, la popularidad de que gozaba entre el público lector contrastaba con el petulante desdén con que le trataba la mayoría de intelectuales de la época. Quizá el injusto desprecio con que trataron a Salaverría puede explicar que, a la hora de catalogarlo en alguna generación o grupo intelectual, haya desacuerdo: unos colocan a nuestro autor en el regeneracionismo, otros lo incluyen en una populosa G98 (Generación del 98) donde hay figuras estelares y, después vienen los pobres diablos que no merecen ni una línea en los libros de texto de Lengua y Literatura españolas: habría que revisar todos los criterios con los que se decide quién pasa a la posteridad. Es lo cierto que José María Salaverría es difícil de clasificar: “A mi entender, -escribía Federico Carlos Sáinz de Robles- José María Salaverría debe ser considerado como un escritor peculiarísimo, fuera de promoción y de tendencia. Un pensador que procede de sí mismo y que a sí mismo se sucede”.

Pío Baroja, en sus “Memorias”, comentó que Salaverría “ejerció de nietzscheano” hacía 1905-1906, como si fuese una postura teatral, pero el nietzscheísmo de Salaverría era algo más que una moda pasajera. Salaverría se sirvió del nietzscheísmo para ensayar estratagemas que solucionaran el problema que para él fue la suprema tarea intelectual, a la que sirvió con fidelidad religiosa y militante: España. Y así vamos a tener ocasión de comprobarlo en este análisis de un ensayo breve de Salaverría que a nuestro juicio no ha perdido vigencia, pese a ser escrito casi cien años hace y que muestra las dotes literarias y la clarividencia de este patriota, de este vasco a quien se le ha pagado los servicios que con su inteligencia rindió a España con el desprecio y el olvido.

SILUETA BIOGRÁFICA DE JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA

José María Salaverría Ipenza nació el 8 de mayo de 1873 en Vinaroz (Castellón) y falleció en San Sebastián el 28 de marzo de 1940. Como sus apellidos indican, sus padres eran vascos y partidarios del carlismo. El padre había ido a Vinaroz para emplearse como encargado del faro. La familia regresa a Guipúzcoa cuando José María contaba cuatro años y se instala en San Sebastián. José María estudió primaria en las escuelas públicas de la donostiarra calle Peñaflorida, pero no hizo ninguna carrera universitaria, pues su familia era modesta y el niño ayudaba a su padre, atendiendo la torre del faro que le estaba encomendado. Sin embargo, José María Salaverría leía cuanto caía en sus manos, sirviéndose de la biblioteca municipal y alimentaba su cultura de modo autodidacto. Tenía 15 años cuando empezó a colaborar en periódicos donostiarras, viajó por Europa y América y trabajó como periodista en varios periódicos como La Nación de Buenos Aires y ABC en España.

Salaverría fue un escritor prolífico, pero todos los géneros que cultivó tenían un fin que para él era supremo: España. Su literatura fue entendida por él como servicio civil, pero militante y patriota, siempre con la voluntad firme de conservar la unidad de España y reanudar el imperialismo español. Por eso Salaverría renunció a todo decadentismo esteticista y su estilo literario es sobrio y claro, con voluntad didáctica, siempre con la intención de hacerse comprender, a veces implacable en la crítica de todo cuanto para él era signo de decadencia, el propósito de toda su obra fue formar patriotas, alentarlos y darles argumentos para no flaquear en el amor a España.

Sus posiciones políticas fueron en un principio republicanas, mantenía una correspondencia epistolar con Miguel de Unamuno (empezó a cartearse con Unamuno en 1904), sin embargo, Salaverría será destacado como corresponsal bélico en la Primera Guerra Mundial y el choque con esa brutal realidad marcará un punto de inflexión en su trayectoria. Salaverría vive la conflagración en los campos de batalla y en las ciudades de la retaguardia, donde la población civil presta su servicio laboral al esfuerzo de guerra en lo que no tenía precedente: la movilización total. Salaverría simpatiza con la causa de los imperios centrales y se convierte en un acérrimo germanófilo. Su germanofilia es compartida por Baroja y Benavente, pero el grueso de los figurones del 98 (Unamuno, Valle-Inclán, Antonio Machado…) ha cerrado filas con las potencias aliadas, incluso percibiendo honorarios por ello en algún caso, como el de Valle-Inclán.
 
Salaverría publica en el año 1917 el ensayo del que nos ocupamos: “La afirmación española”. Salaverría era un hombre austero, serio y hogareño y nunca se señaló por gustar de la bohemia del 98, aquel mundillo de perdonavidas, borrachos, putañeros y pedigüeños literarios que retratará al vivo el hermano de Pío Baroja, el pintor y cineasta Ricardo Baroja en su anecdotario que tituló “Gente del 98”. Esa ausencia de Salaverría en los cafés, en las tertulias, en los garitos donde despotricaban nuestros intelectuales también fue motivo para que sus contemporáneos del 98 lo marginaran. Salaverría era un extraño, no era como ellos: histriónicos, pagados de sí mismos, estrambóticos a veces, siempre egotistas, teatreros y siempre dispuestos a cambiar de filas políticas, para allegar dineros, prestigio e influencia.
 
 
La Generación del 98 asumía en su discurso una resignación fatalista frente a una España miserable: que tenía que dejar de ser España, para poder mejorar.

 
 
“LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA”

“La afirmación española” (1917) fue la declaración de guerra salaverriana al sanedrín del 98 y la multitud de sus secuaces. La obra tiene un subtítulo que reza: “Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos” y se divide en dieciocho capítulo breves, encabezados por estos títulos: Introducción. La afirmación como deber; El tono negativo; El tono despectivo; España, frente a Europa; La generación del 98; La España negra; La superstición de Europa; La negación sistemática; Hacia otras ideas; Los negadores. Intelectuales, separatistas y republicanos; Justificación del optimismo; De la relatividad; El tono moral; España y América; La voluntad afirmativa; Gimnasia contra los lugares comunes; Fuenterrabía; El oro, la dinámica y la hora más propicia.

La “afirmación española” se presenta como un estudio a posteriori de lo que ha sido una campaña literaria, diseñada y realizada por Salaverría y que, según reconoce el autor, no ha encontrado en la intelectualidad morbosa, casi toda ella identificada con los hombres del 98, la adhesión que cabía esperar en virtud del sedicente patriotismo de que aquellos alardeaban. Salaverría reconoce haber encontrado en el público lector un seguimiento, pero la intelectualidad ha abdicado del deber patriota de cerrar filas para trabajar por la grandeza de España. Los culpables son esos espíritus del 98, atrincherados en sus egoísmos, en su “sonsonete”, siempre atento a hallar señales de decadencia para reafirmar el pesimismo en España, pese a los signos que se manifiestan en la realidad española. Y es que, mientras Europa se despedaza en los campos de batalla, España goza de paz y prospera económicamente. La jeremiada del 98 está durando demasiado a juicio de Salaverría.

El optimismo en que se envuelve “La afirmación española” no es el optimismo del ingenuo, sino que, en palabras de Salaverría, es un “optimismo de lo trágico” (aquí rezuma el vitalismo trágico de Nietzsche). Salaverría es de la opinión de que la visión negativa y despectiva de España, siempre pronta a enfatizar los rasgos peyorativos de la nación, ha sido la tónica dominante, que emana de los textos del 98: teatro, poesía, novelas, ensayos de los autores del 98 han redundado en una serie de lugares comunes que insisten en la presunta decadencia española que quiere verse como irremediable, imposible de redimir. Salaverría piensa que este deplorable juicio que pesa sobre España es reflejo de la impotencia propia de esos intelectuales, los mismos que permanecen instalados en sus torres de marfil, mientras que desalientan a todos cuantos los leen, predicando el pesimismo paralizante y estéril que ignora las capacidades, aptitudes y virtudes de España.

“En todas partes está mal visto el negador de su Patria. En todas partes recibiría una pronta sanción pública la persona que desdeñase, disminuyese o hiciera chacota de su Patria. A este resultado debe llegarse en España. Hay que cambiar de tono” (El tono negativo).

Salaverría ha constatado que: “Europa nos mira siempre como a un sujeto peligroso, al que conviene vigilar y reprimir. No se nos perdona nada, y nada se les olvida. Mientras España sea dependiente y servil, ese espíritu europeo, flotante y espumoso, ese europeísmo un tanto arcaico, lleno de prejuicios liberalistas y bañado de elocuencias de club revolucionario, ese europeísmo, en tanto nos prestemos a la imitación y a la obediencia, nos otorgará su olímpico y protector desprecio”.
LA GENERACIÓN DEL 98 A LA PICOTA

El año 1898 fue crucial para España por la pérdida de nuestros últimos dominios de ultramar. Con motivo del desastre español, Salaverría evoca emocionado a su padre: “Ahora recuerdo yo la ira y la vergüenza de mi padre, en cuyo ser anciano y vehemente, parecía protestar la ola entera de los antepasados”.

Fue con ese telón de fondo desgarrado cuando emergió la Generación del 98 que, para Salaverría, se constituye en un elemento romántico, decadente y nihilista, saturada de ideas extranjeras: “había nacido [la Generación del 98] de una fecundación morbosa; se nutría de aquella corriente de ideas universales que detestaban la nación, el militarismo, el patriotismo; y así, llevando en su cuerpo la gangrena antipatriótica, los innovadores estaban condenados a deshacer en sus propias manos lo poco de nacionalidad y de patria que restaba en España”. La Generación del 98 “aparentaba un interés nacional y en realidad sólo sentía la soberbia ególatra del artista; que hablaba, finalmente, de España con palabras y actitudes y puntos de vista aprendidos en el extranjero”. Según nuestro autor: “[La Generación del 98] Nació de la violencia, usó como arma el ultraje, subió por mero golpe de Estado al gobierno de las ideas”.

El arte se contagiaría de ese “tono negativo y despectivo” que la Generación del 98 implantó como clave interpretativa de todas las dimensiones de la realidad española: “Faltó el músico que expresara ese estado de alma; pero vino, en cambio, el pintor representativo, dotado de verdadero genio. Los cuadros de Ignacio Zuloaga corroboran definitivamente la tendencia de la época; ellos graban, imprimen, sujetan para siempre, como en un cadalso, la imagen sombría y ruinosa de aquella España artificial”.

“Como los señoritos aldeanos que han estudiado en la corte pretenden instaurar en su aldea las costumbres, el boato y hasta los vicios de la capital, estos nerviosos europeizantes querían traer Europa a España de una vez, en pleno, por arte de magia. Entonces se hizo ostensible y se perfeccionó la idea de europeización, o más bien la superstición de Europa”.

CONTINUARÁ...

EL HOMBRE MODERNO

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 "El hombre moderno adopta gustoso posturas independientes y desenvueltas. Estas no son, la mayoría de las veces, sino una fachada detrás de la cual se esconden pobres seres, vacíos, inconsistentes, sin fuerza de espíritu para desenmascarar la mentira, sin fuerza en el alma para resistir la violencia de los que con habilidad saben poner en movimiento todos los resortes de la técnica moderna, todo el arte refinado de la persuasión para despojarlos de su libertad de pensamiento y hacerlos semejantes a las frágiles «cañas agitadas por el viento» (Mt 11,7)."

S.S. Pío XII

Discurso sobre la prensa católica y la opinión pública, 17 de febrero de 1950

SOBRE BIZANCIO



"Tras muchas dilaciones y una larga lucha contra la disolución material, el Imperio de Oriente, que ya llevaba muerto espiritualmente hacía tiempo, vino a ser finalmente suprimido del horizonte histórico, justo cuando se iniciaba el renacimiento de Occidente".

Vladimir Soloiev

LA LIBERTAD (II)




"La libertad no existe al comienzo sino al fin. Ella no está en la raíz, sino en las flores y los frutos".

Charles Maurras




jueves, 18 de julio de 2013

MEMORIA HISTÓRICA SOCIALISTA

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"Vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas… Mas no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. ¿Excitación al motín? No, simplemente decirle a la clase obrera que debe preparase… Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”. 


Francisco Largo Caballero. 
 
"El Socialista", 9-11-33.





*Más perlas del susodicho en  Francisco Largo Caballero - Wikiquote

domingo, 14 de julio de 2013

LA IMPORTANCIA DE LA TRADICIÓN ESPAÑOLA

-Es un orgullo poder comentarle a nuestros lectores que ha sido publicado un nuevo artículo mío en "La Razón Histórica", prestigiosa revista hispanoamericana de Historia de las Ideas. Les adjunto el enlace y el contenido. Pasen y vean:

22.5. La importancia de la tradición española.
 

Antonio Moreno Ruiz.
 

Licenciado en Historia (con especialidad americanista), profesor y traductor de lengua portuguesa, ensayista y poeta.
 

 
Dos siglos de propaganda liberal han hecho mucho daño en el mundo hispánico. Si bien en el siglo XVIII buena parte de la élite ilustrada inoculó una cultura afrancesada y adquirió un consiguiente complejo de inferioridad con respecto al vecino, pues todo en España parecía malo y todo en Francia parecía bueno, el proceso rupturista que provocó el golpe liberal en 1820 pareció verse truncado a priori al entrar los Cien Mil Hijos de San Luis en España. Las tropas comandadas por el duque de Angulema fueron acogidas por el pueblo en loor de multitudes desde los Pirineos al mar gaditano. El mismo pueblo que había combatido a Napoleón y todo lo que significaba apoyó a quien le traía en sus banderas la Religión, el Rey y la Patria. Fue el fracaso del golpismo militar-masónico en carne viva; el mismo que ya preparaba su asalto definitivo, ayudado por las constantes torpezas y felonías de Fernando VII, el que años antes felicitaba a Napoleón. Los gerifaltes revolucionarios no podían explicar cómo el pueblo los rechazaba, cómo acogía como libertadores a los soldados realistas. Comenzaba así, tras la impotencia política de los liberales, un rebrote de la Leyenda Negra que, naturalmente, aprovecharon las oligarquías criollo-mestizas de Hispanoamérica. A posteriori, la izquierda recoge el testigo con notorio entusiasmo. No en vano dijo Indalecio Prieto: “Soy socialista a fuer de liberal(1).
Todo este proceso rupturista coincide en despreciar la importancia de nuestra tradición, y cabalga hacia su aniquilación completa, al alimón, en nuestro tiempo, de la espectacular arramblada del “marxismo cultural” de Gramsci y la Escuela de Frankfurt. Ante la fracasada lucha de clases, transportaron el materialismo para provocar la lucha de padres contra hijos, la lucha de sexos, la lucha de alumnos contra maestros… Para así bloquear todo tipo de reacción, de respuesta, de resistencia. Para así no crear mártires. Eliminando la familia, el hogar, se elimina la patria. Al estar eliminada ya toda posibilidad de Cristiandad, el auto-odio y el complejo de inferioridad arrasa en todo el Viejo Continente, el cual, dirigido por un pseudo-imperio anglo-sionista, sólo espera paliativos de comodidad. Donoso Cortés dejó dicho que uno de los rasgos principales de nuestro carácter era la exageración; al asimilar toda esta onda expansiva, ¿qué podría salir? Y más rodeados por un mundo donde el “marxismo cultural”,  esto es, el progresismo, ha calado mucho más que en los países capitalistas que en los que estuvieron bajo el yugo del telón de acero. ¿Paradoja? No tanto. Álvaro D´Ors dejó dicho en 1987 que "No quisiera ocultar mis reservas frente a aquellos que, ante el conflicto Este-Oeste, toman decidido partido por el Oeste: Prefieren el capitalismo al comunismo. Esta opción, corriente en España como en todo Occidente, es explicable, pero no sé si es del todo acertada; en todo caso, estamos de nuevo en el error de la política del 'mal menor'. Es evidente que en el hemisferio del capitalismo la vida es más llevadera, y no deja de haber aquí un cierto aire de libertad, aunque las elecciones suelen estar muy condicionadas por la seducción de las masas, que ha alcanzado una perfección técnica irresistible, y que esta apariencia de libertad falta en el hemisferio comunista. Pero no es menos cierto que el deterioro humano del capitalismo, al ser más placentero e insensible, resulta por ello mismo mucho más letal que la brutal disciplina del comunismo. Este, por lo menos, puede hacer mártires, en tanto que el capitalismo no hace más que herejes y pervertidos"  Y resulta que al final, las dos caras de la misma moneda se han fusionado, de nuestros progres a la China post-maoísta.
 
Puede que, al inicio de este proceso, una facción se sintiera más atraída por el modelo francés y otra por el anglosajón, mas el fin era, cuanto menos, muy parecido. El imperio británico había trazado en 1711 su “Plan para humillar a España” (2) y le salió el tiro por la culata en el intento invasor de Cartagena de Indias, donde 3.600 españoles comandados por el guipuzcoano Blas de Lezo vencieron a 32.000 británicos. Fue el desembarco más grande de la Historia, y hasta ahora sólo ha sido superado por el de Normandía. Asimismo, constituye en la historia británica la derrota más estrepitosa y humillante. Y luego, el malagueño Bernardo de Gálvez volvería a derrotar a los súbditos de Su Graciosa Majestad en Norteamérica, jugando un papel tan importante como Francia en la ayuda a la independencia estadounidense; cosa que en verdad a la Corona no le interesaba darle mucha publicidad, por la influencia que pudiera causar en los virreinatos, y que de hecho acabó causando. Sin embargo, Gran Bretaña se vengó de lo lindo. Aprovechando la invasión napoleónica, entró a saco en la Península Ibérica para luego extenderse como la peste por Hispanoamérica, gracias a Miranda, Bolívar y San Martín, entre otros; con la confirmación de los oficiales liberales que llegaban de la Península. El proceso rupturista ha sido paralelo desde comienzos del siglo XIX. Las Españas no formaban, en efecto, un “estado-nación”(3), sino que conformaba una entidad supranacional, cuya forma y cuyo fondo político no era otro que la monarquía. Lo que se forma en la Península Ibérica e islas adyacentes tras la confirmación del golpe liberal en 1833 se llamó España como se podía haber llamado otra cosa. Es un proceso gemelo del republicanismo que disgregó en mil pedazos a nuestra América.
 
Y es curioso cómo, con todo lo que ha llovido ya, y estando acaso en nuestras horas más bajas, continúa intacto el odio a nuestra tradición. Y continúa una geopolítica enfocada a destrozar lo poco que queda de España, tanto en el imperio anglo-sionista (ahora comandado por las barras y las estrellas) como por la república francesa, aliada de la tiranía alahuita marroquí y del terrorismo separatista antiespañol. El indigenismo, fabricado en las universidades europeas y extendido y hasta financiado por España, no es sino un proceso más de una Revolución que hoy parece perderse en su propio laberinto. La Constitución de 1978, con la correspondiente mentira de la transición. Un auténtico delirium tremens cuya resaca es tremebunda.
 
Ese proceso rupturista continúa como el viejo liberalismo decimonónico, esto es, echando balones fuera y lamentándose de una sempiterna conspiración de malvados reaccionarios, sobre todo curas y aristócratas, que no nos dejan ser libres y desarrollados y que por eso estamos como estamos y somos un país históricamente enfermo. Esta cantinela ha sido repetida por Benito Pérez Galdós, Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña, Arturo Pérez-Reverte y por tantos otros. Incluso en cierta medida por José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, curiosamente, intelectuales de cabecera del franquismo. La Generación del 98 y el Regeneracionismo difundieron, sobre todo tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (Por la invasión estadounidense) un sentimiento pesimista y de autoflagelación, rayando en la más absoluta endofobia.
 
Existe, asimismo, una creencia burdamente generalizada, que poco más o menos incide en que nuestras culpas radican en el exceso de religión. Mas cuando dicen religión, quieren decir catolicismo. Por eso es que nos faltó la modernidad y el comercio, que era lo que había en Inglaterra y en los países del entorno protestante…. Pero claro, es que resulta que en Inglaterra por ley tenemos que el rey es el papa (La reina-papisa en este caso), y que a día de hoy, es el país más aristocrático y probablemente más clerical de Europa. La mentada Albión todavía tiene la cámara de los Lores, algo que en España sonaría a fascista o algo así…. Y bueno, lo de la iglesia nacional sigue rigiendo en Holanda y en los países escandinavos. ¿Y qué podríamos decir del Japón, donde la figura del imperio y la religión son tan ligadas como intocables? Pero nuestra caterva antitradicional, del liberalismo a la extrema izquierda, sigue coincidiendo en sus manipulaciones y omisiones. Y el problema es que a todo este cúmulo de despropósitos que acaso comienzan en la Ilustración –aun con matices, hemos de añadir que gracias al actual sistema de taifas caciquiles llamadas comunidades autónomas, cada mini-estado ha ido alimentando una especie de mito nacionalista contra España.
 
Así las cosas, lo curioso es que “nuestros” enemigos de la tradición continúan la pesadez del discurso de los apólogos de la guillotina cuando, sin embargo, buena parte de la aristocracia y el clero están de su lado, y en verdad desde hace tiempo. Pero el problema del propagandismo barato es que tiene una capacidad cultural harto limitada, y no conoce por ejemplo lo que en su día dejó dicho el gran filósofo tudesco Oswald Spengler (4): “El gran hombre de Estado es raro. Que aparezca, que se imponga, y que esto suceda demasiado pronto o demasiado tarde, depende del azar. Los grandes individuos destruyen a veces más de lo que edifican por el hueco que su muerte deja en el torrente del suceder. Pero crear una tradición significa eliminar el azar. Una tradición crea hombres de un nivel medio superior, con los cuales se puede contar en el futuro. No crea un César, pero si un Senado; no un Napoleón, pero si un insuperable Cuerpo de Oficiales. Una fuerte tradición atrae talentos y con pequeñas dotes, alcanza grandes éxitos. Demuéstrenlo las escuelas de pintura en Italia y Holanda, no menos que el ejército prusiano y la diplomacia de la Curia romana. Fue una gran debilidad de Bismark, en comparación con Federico Guillermo I, el que, sabiendo actuar, no supiera crear una tradición. No pudo producir junto al cuerpo de oficiales de Moltke una raza correspondiente de políticos que se siente idéntica con su Estado y los nuevos problemas de este, y acogiese de continuo los hombres importantes de abajo, imponiéndoles para siempre su ritmo de acción. Cuando no sucede esto, queda, en lugar de una capa gobernante, una colección de cabezas que no pueden valerse ante lo imprevisto. Pero si se realiza, entonces surge un pueblo “soberano” en el único sentido digno de un pueblo y posible en el mundo de los hechos: una minoría perfectamente criada y que completa y se renueva a si misma; una minoría con tradición segura, proba da en larga experiencia; una minoría que incluye en su esfera a todos los talentos y los emplea, y, por lo tanto, se encuentra en armonía con el resto del país gobernado. Semejante minoría se convierte en una verdadera raza, incuso si una vez ha sido partido, y decide con la seguridad de la sangre y no del intelecto. Esto significa, por decirlo así, la substitución del gran político por la gran política” (…) Los ingleses considerados como pueblo, son tan imprudentes, tan estrechos y tan poco prácticos en cosas políticas como cualquier otra nación. Pero poseen una tradición de confianza, pese a su gusto por los debates y las controversias públicas. La diferencia esta que el inglés es “objeto” de un Gobierno con antiquísimos y triunfantes hábitos.”
 
Oswald Spengler, como Gaspar de Jovellanos, daba mucha importancia a la tradición. En contra de las burdas manipulaciones que los liberales han querido hacer del ilustre asturiano (5), en su lucha contra Napoleón, no defendió el constitucionalismo liberal. Al contrario, calificó de “herejía política” al dogma de la soberanía nacional, “y de todas estas Constituciones quiméricas, abstractas y a priori que rápidamente se hacen y efímeramente viven.” (6) En contra del despotismo que había ido mermando el país, Jovellanos pensó que la legítima lucha contra los invasores revolucionarios podría suponer una regeneración política que rescatase lo mejor de nuestra tradición; a la par que económicamente, se fijaba en otros rumbos. Cándido Nocedal lo definió como “un monárquico a la inglesa” y quizá no le faltaba razón, pues no en vano, ahí está la bicameralidad activa que proponía, que nada tiene que ver con la cleptómana pantomima de nuestros días. Asimismo, otro asturiano, Juan Vázquez de Mella, que con Nocedal acaso fue de los que mejor comprendió a Jovellanos, decía que la tradición era un concepto dinámico. Si se quiere, puede ser “purificable”, pero siempre mantenedor de las esencias, sin quedarse en una pose estático-caricaturesca. Porque sin tradición no hay progreso, y nada puede haber sin Dios. Si un pueblo renuncia a lo que le transmitieron sus antepasados, renuncia a su futuro. Al fin y al cabo está renunciando a su espíritu, que para cumplirlo debería ejercer como una gran familia. Y eso es la tradición, del latín “tradere”, la misma raíz que transmisión.
 
Mas desde que se provocó el gran rupturismo del mundo hispánico a ambas orillas del Atlántico, llevan escupiendo falsedades contra nuestra tradición con las oligarquías iluministas por delante, las cuales han sido ayudadas en no pocas ocasiones del golpismo militar y de la intervención extranjera. Y aun así, continúan con la misma cantinela propagandística. Ante todo ello, se hacen cada vez más vigentes los Dogmas Nacionales trazados por Vázquez de Mella: "La autonomía geográfica de España exige el dominio del Estrecho, la federación con Portugal, y, como punto avanzado de Europa, y por haber civilizado y engrandecido y sublimado a América, esa red espiritual tendida entre aquel continente nuevo y el viejo continente europeo....". Ahora, ante esa crónica de un fracaso anunciado que es la Unión Europea, podríamos tener una oportunidad histórica para volver a caminar por nuestra lógica senda. Y, siguiendo la línea del gran pensador tradicionalista, es preferible una iglesia pobre pero libre a una iglesia rica pero esclava. Para acometer una gigantesca empresa de reconstrucción, se debería guiar del espíritu a la cultura, para así plasmarlo en política y sociedad. La importancia de la tradición se reivindica y sabemos lo que hay que hacer; ponerlo en práctica es la cuestión.
 


 
 
 
(2)   Véanse estos interesantísimos enlaces:
 
 
 
(3)   Y de hecho, es un invento que se forja en esta época, tras la Revolución Norteamericana y la Revolución Francesa. Empero, a día de hoy, el imperio británico sigue sin ser un estado-nación.

 
(4)   Extraído de:
 
(5)   Sígase el interesante enlace:
 
 
(6)   Para leer íntegra la Memoria en defensa de la Junta Central:

EL MARTÍN FIERRO Y LA DIRIGENCIA POLÍTICA

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El Martín Fierro y la dirigencia política

                                                                                        Alberto Buela (*)

Desde Salamanca, en 1894 don Miguel de Unamuno fue el primero de los grandes pensadores que se ocupó del Martín Fierro[1], el poema nacional de los argentinos (1872/79). Y en ese escrito liminar dedicado al “docto y discretísimo don Juan de Valera” , trae una estrofa del poema gauchesco que bien puede  servir de definición para la chata dirigencia política actual:

De los males que sufrimos,
Mucho hablan los puebleros,
Pero son como los teros
Para esconder sus niditos;
En un lado pegan los gritos,
Y en otro tienen los huevos.

Si hay algo que caracteriza a la dirigencia política contemporánea es el simulacro. Primero, con un discurso político que  enuncia un compromiso pero con el que nunca se compromete  y segundo, porque en el mejor de los casos solo administra los conflictos pero no los  resuelve. 

Todo ello bajo la mascarada de defender los derechos de los más necesitados levantando la bandera de los derechos de tercera generación, cuando no se cumplen ni siquiera los derechos humanos de primera generación como lo son el derecho a la vida, la libertad,  el trabajo y la seguridad.

Así, esta dirigencia política habla mucho - clase discutidora la llamó Donoso Cortés: “de los males que sufrimos mucho hablan los puebleros”-  pero disimula sus intereses de clase o personales en ese mismo discurso – para esconder sus niditos en un lado pegan el grito y en otro ponen los huevos-. Así los niditos y sus huevos son sus verdaderos intereses que están muy bien ocultados en su discurso político.

 El Martín Fierro representa figurativamente al pueblo argentino y lo que este pueblo sufrió después de la denominada dictadura de Rosas (1829-1852). 

Los padecimientos del gaucho (el pueblo pobre) que comienzan con la caída “del dictador”, según el discurso político de entonces, son relatados por José Hernández en un poema épico de factura inspirada. Se produjo uno de los raros casos en que la inspiración supera la capacidad del poeta. O dicho de otra manera, el poema es superior a las cualidades naturales del poeta. 

Se lo quiso imitar, plagiar, vilipendiar, censurar, silenciar pero siempre salió indemne. El Martín Fierro está ahí como un hecho irrecusable. Como el testimonio permanente de aquello que se debe hacer y no se debe hacer con el pueblo. Y en esto posee un valor universal pues es aplicable a toda latitud y gobierno político.

Pongamos por ejemplo, un caso conocido por todos los iberoamericanos, el de los dos últimos  gobiernos de España (Psoe y PP) cuyos dirigentes políticos han hablado mucho de los males que padece el pueblo español pero, por otro lado, aparecen los chanchullos, esto es, los niditos y los huevos, de esos mismos dirigentes.

Ahora bien, ésta que acabamos de hacer es la descripción de un fenómeno dado, pero ¿tiene el Martín Fierro alguna propuesta como para poder salir de tal estado de injusticia y opresión? Nosotros creemos que sí, aunque hay algunos ilustrados que afirman que no, como lo hace el ensayista Rodolfo Kusch, cuando afirma muy suelto de cuerpo: Fierro…no nos dice en qué consiste la redención argentina.” [2]
Martín Fierro explicita esta redención, esta liberación de los males que padece el gaucho (el pueblo) a tres niveles:

a) a nivel de propuesta cuando afirma:

Es pobre en su orfandad
De la fortuna el desecho
Porque nadies toma a pecho
El defender a su raza;
Debe el gaucho tener casa,
Escuela, Iglesia y derechos.

b) en orden al método o camino a seguir:

Mas Dios ha de permitir
Que esto llegue a mejorar,
Pero se ha de recordar
Para hacer bien el trabajo,
Que el fuego pa calentar,
Debe ir siempre desde abajo

c) a nivel de conducción:

Y dejo rodar la bola,
Que algún día se ha de parar...
Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el hoyo,
O hasta que venga algún criollo
En esta tierra a mandar.

Estos tres niveles que destacamos marcan una línea clara y definida de los elementos que hay que tener en cuenta, necesariamente, para el buen gobierno: 

a) las reivindicaciones que todo gobierno que se precie de justo, de cualquier latitud de la tierra, tiene que llevar a cabo para el “restablecimiento de la justicia” dándole a cada uno lo que le corresponde y al pueblo más pobre “casa, escuela, Iglesia y derechos”.

b) El origen último del poder debe nacer como el fuego siempre desde abajo. Esto va en primer lugar contra las tesis iluministas de que son los ilustrados los que saben gobernar. El sentido popular del Martín Fierro está acá presente pero no es un populismo bastardo que se reduce a “el pueblo siempre tiene razón”, sino que exige además que la voluntad de este pueblo sea como el fuego, pero  no el que quema, sino el que sirve para calentar. Reclama y caracteriza el poder como servicio.

c) Finalmente, se ocupa del conductor, del líder, del príncipe como decía los antiguos tratadistas. Y exige que éste tenga característica de criollo: O hasta que venga un criollo en esta tierra a mandar. Y acá tenemos que detenernos un poco, porque Martín Fierro no dice “un gaucho” sino “un criollo”. 

Según nuestra información el primero que hiciera esta distinción fue Juan Carlos Neyra en un impecable, breve y profundo ensayo, no tenido en cuenta por la multitud de intelectuales cagatintas que han hablado sobre el Martín Fierro.  El concepto de gaucho implica una forma de vivir que necesariamente se da en el campo, en donde éste muestra todas sus habilidades camperas en el trabajo con la hacienda, todas sus pilchas, todas sus destrezas en juegos como el pato, la taba, la sortija y en danzas como el triunfo, el gato, la zamba, la cueca, la chacarera o el chamamé. En donde los silencios tienen sus sonidos y los trabajos sus tiempos en un madurar con las cosas, tan propio del tiempo americano. 

¿Y lo criollo entonces?. Criollo es aquel que interpreta al gaucho y lo criollo es un modo de sentir, una aproximación afectiva a lo gaucho. Es por  eso que el gaucho es necesariamente criollo pero un criollo, puede no ser gaucho. De allí que esos viejos camperos de antes decían: Nunca digas que sos gaucho, que los otros lo digan de vos. 

Así,  pudo acertadamente escribir, este olvidado ensayista: Si gaucho es una forma de vivir, criollo es una forma de sentir” [3]
 
El gaucho de alguna manera ha ido lentamente desapareciendo porque su forma de vida y de trabajo ha ido cambiando, mientras que lo criollo determina el aspecto esencial de nuestro pueblo. 

Esa forma de sentir lo gaucho es la mejor defensa frente a la colonización cultural y la que nos determina como pueblos originarios de América con sus arquetipos emblemáticos como lo fueron el gaucho, el montubio, el llanero, el cholo, el huaso, el ladino, el boricua, el charro, el pila, etc.

Nosotros que no somos ni tan europeos ni tan indios somos los verdaderos y genuinos “pueblos originarios” de América y no como pretende el llamado indigenismo, que quiere construir una identidad en contra, básicamente, de España, renunciando a lo que ya se es. ¿O acaso Evo Morales, Correa, Chávez o Rigoberta Menchú son indios? No, ellos son criollos que renunciando a lo que son, construyen un aparato ideológico para ser otra cosa.

Y esa “otra cosa” está al servicio de las iglesias evangélicas y mormonas norteamericanas o tiene sus oficinas en Londres como los pseudo mapuches del sur de Chile. 

El hombre criollo que somos la inmensa mayoría los americanos que, cambiando lo que haya que cambiar, es como el tertius genus de San Pablo para definir a los cristianos que no son ni paganos y judíos (Gálatas, 3:28). Somos antropológicamente el producto más original que América ha dado al mundo. A ese carácter de “originales” no  podemos renunciar porque nos llevaría puestos a nosotros mismo transformándonos en “otra cosa”. 

En cuanto a los indios, que también son inmigrantes en América, tienen sobre nosotros sólo la “originariedad”, la cualidad de haber llegado primeros, pero no la “originalidad” que es el carácter propio de nosotros los criollos respecto de todos los tipos humanos que pueblan el mundo. Esto es clave, si no se lo entiende, le pasa como a aquel paisano: Que hombre que sabe cosas, el hombre de este albardón, que hombre que sabe cosas, pero cosas que no son. 

Vimos como el Martín Fierro puede leerse en clave política como un proyecto nacional donde, como dijo alguna vez el peronismo, hay una sola clase de hombre: el trabajador. Que en el caso del poema épico argentino-americano es el gaucho, y así lo dice sin ambages ni tapujos:

Soy gaucho, y entiendanló
Como mi lengua lo explica:
Para mí la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la víbora me pica
Ni quema mi frente el sol
.




Arkegueta, aprendiz constante, mejor que filósofo





[1] Cabe recordar que el Martín Fierro fue denigrado por toda la intelectualidad argentina de la época y que el primero en reivindicarlo fue el boliviano Pablo Subieta en 1881 con cinco notas aparecidas en el diario Las Provincias donde afirmaba que: “El Martín Fierro más que una colección de cantos populares es un estudio profundo de filosofía moral y social. El MF no es un hombre, es una raza es un pueblo”.

[2] La negación en el pensamiento popular, Buenos Aires, ed. Cimarrón, 1975, p. 108

[3] Neyra, Juan Carlos: Introducción criolla al Martín Fierro, ed. Huemul, 1979, p.22.-

DEMOCRACIA FINANCIERA


"La verdadera ecuación es: “democracia” = gobierno del mundo financiero… La principal característica de los gobiernos modernos es que nadie sabe quien gobierna, de facto más que de jure. Vemos al político pero no a su patrocinador; menos aún al apoyo del patrocinador, o lo que es lo más importante de todo, al banquero del patrocinador. Elevado por encima de todo, de una forma que no tiene parangón en el pasado, es el profeta velado de las finanzas, influenciando a todo hombre viviente como por arte de magia, y haciendo entrega de sus oráculos en un idioma que la gente no entiende. "



- J.R.R. Tolkien 

Candour Magazine, 13 July 1956-