RAIGAMBRE

Revista Cultural Hispánica

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿DE VERDAD QUEREMOS RECUPERAR GIBRALTAR?






Por Antonio Moreno Ruiz 


Gibraltar fue invadido a principios del siglo XVIII, siendo su nativa población exterminada (yendo los pocos supervivientes gibraltareños a fundar el pueblo de San Roque). Fue invadido, en contra de lo que le gustaría a no poco romanticismo austracista que se da en las más variadas corrientes ideológicas (*)... Bueno eso, que fue invadido gracias a un irresponsable y usurpador archiduque que no respetó el testamento de Carlos II, y que entró en la Península con holandeses (Que se dedicaron a violar monjas en El Puerto de Santa María) e ingleses, nuestros peores enemigos hasta entonces. La plaza se rindió a nombre del Archiduque, nunca a nombre del imperio británico. Pero ya saben cómo se las gastan los ingleses, marcando tendencia con estilo pirata.

Con Carlos III, estuvo a punto de recuperarse lo que Vázquez de Mella llamó con harta razón el mayor punto estratégico del planeta. A partir de Carlos IV, la política exterior española se fue convirtiendo en un auténtico desastre, y así ha sido hasta hoy salvando quizá el paréntesis de Franco, el cual tampoco tuvo nunca mucho margen de maniobra.

Sea como fuere, está claro que al imperio británico le duele el cierre de la verja. No pueden hacer mucho ante la ONU y la "opinión internacional". Es demasiado escandaloso. Pero claro, ellos son los papaítos de los yanquis y eso siempre viste y pesa. Está claro que Yanquilandia, Su Majestad que me harto de reír, Franchutia y Tulipania pueden tener colonias. En cambio, a España y a Portugal le vedaron el tener provincias ultramarinas. Igualdad, democracia... Sí, ya nos sabemos el cuento...

¿Pero de veras queremos recuperar Gibraltar? Ésa es la cuestión. Porque si la respuesta es sí, es señal de que somos gente de bien y de que debemos tomarnos el tema en serio. Parece que el ministro Margallo ahora quiere apretar las tuercas... Después de políticas desastrosas que se iniciaron con Felipe, que continuaron con Aznar y todos sus anglófilos cortesanos y que, para variar, remató la faena Zapatero. Pues con todo lo que quiera Margallo, en absoluto es suficiente. Hay que empezar por cerrar la verja a cal y canto. Gibraltar es una usurpación hecha para el contrabando (A lo que se añade el narcotráfico), para fastidiar política y económicamente a España, y con eso no hay negocio que valga. Desde hace mucho no se toman en serio el obsoleto e injusto tratado de Utrecht. Continúan la invasión de la patria a través de la bahía de Algeciras, llegando con sus turbios y sucios negocios hasta la Costa del Sol. Es el mismo estilo pirata empleado en Malvinas, Belice, Guayana y todas las islitas caribeñas que tienen como paraísos fiscales. Así es eso que encima llaman libre mercado... Por ello, todos los sinvergüenzas que tengan negocios allí y que fueron legitimados del PP a Moratinos deben perder la nacionalidad española ipso facto. Asimismo, a ver cuándo comprendemos que en el marco de la Unión Europea jamás volveremos a recuperar nuestra tierra. Teniendo por arriba a Francia y por abajo a Marruecos, con la espina británica ahí clavada, jamás podremos tener una política exterior como Dios manda.

España debe abandonar ya ese engendro burocrático europeísta que no cuesta más que disgustos. España debe formar una alianza diplomática, militar y económica con Portugal y con Hispanoamérica para así establecer una efectiva comunidad iberoamericana que desbanque a la Commonwealth. España, por cuestiones de espíritu y hasta de "raza", debe dar preferencia y debe aproximarse a pueblos como Italia, Grecia o Irlanda, y formar su propia alianza en Europa, sin dejar de mirarse en el espejo del valiente y digno pueblo húngaro. España debe luchar decididamente contra el imperialismo marroquí que amenaza su territorialidad norteafricana e invade y masacra el Sáhara, y encima es beneficiado por la Unión Europea y los Estados Unidos; a la par que debe tener una política de defensa seria, y no seguir teniendo al ejército hecho un desastre, cosa que viene especialmente por la obra y gracia de Aznar y Trillo. España, asimismo, debe aproximarse a Rusia y ayudar a que el Viejo Continente se encuentre con su hermano del Oriente frente a las embestidas anglosionistas que favorecen al expansionismo otomano así como al wahabismo saudita.

Vamos a hablar claro y a actuar. Vamos a proponer y a trabajar. No seamos la última generación de españoles sino los artífices de un renacimiento. Gibraltar siempre español. Y a luchar de verdad contra los enemigos, aunque tengamos en cuenta que no hay peor enemigo que la traición interna y las divisiones estúpidas, y de eso por desgracia está lleno nuestro país.




En la foto superior: El valiente abogado y activista sevillano Ángel Luis Bordas, entregando la bandera pirata al jefe de los colonos invasores y lacayo del imperio británico.

Se puede ver el vídeo pulsando el enlace: Picardo bandera pirata

LA CASITA DE TU ABUELO


-Como siempre, emotiva y dando en el clavo la letra de Ecos del Rocío. Esta vez le toca el turno a la usura y sus engañosas y fraudulentas publicidades. Para escuchar lentamente la letra.

LA GRAN CULTURA ESPAÑOLA

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"Fuimos a un tiempo rodela y maestra de Occidente. Evitemos hoy el bache depresivo: ese mirar fuera de España como si hubiésemos sido una comunidad histórica sólo capaz del heroico manejo de la espada. Sin esas batallas, porque fueron muchas, el Occidente no sería como es. Otros pueblos hubieran debido librarlas o Europa hubiera sido piltrafa del Islam y no existiría esta nueva maravilla que es América. Pero hemos hecho mucho más que mantener a raya el islamismo en el solar hispano primero y contra los turcos despúes. Hemos hecho mucho más que descubrir, evangelizar y civilizar América. Hicimos la gran cultura española y universal de la Modernidad. No reneguemos de nuestro ayer. Hemos hecho maravillas por obra de nuestro genio bimilenario …"


Claudio Sánchez Albornoz. 
 

lunes, 5 de agosto de 2013

ELEGÍA A LA PATRIA

 
"ELEGÍA A LA PATRIA"

-José de Espronceda-

¡Cuán solitaria la nación que un día
Poblara inmensa gente!
¡La nación cuyo imperio se extendía
Del ocaso al oriente!
Lágrimas viertes, infeliz ahora,
Soberana del mundo,
¡Y nadie de tu faz encantadora
Borra el dolor profundo! 
Oscuridad y luto tenebroso
En ti vertió la muerte,
Y en su furor el déspota sañoso
Se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;
Cayó el joven guerrero,
Cayó el anciano, y la segur impía
Manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura
Del déspota sombrío,
Como eclipsa la rosa su hermosura
En el sol del estío.

¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!,
Contemplad mi tormento:
¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores
Al dolor que yo siento?

Yo, desterrado de la patria mía,
De una patria que adoro,
Perdida miro su primer valía,
Y sus desgracias lloro.

Hijos espurios y el fatal tirano
Sus hijos han perdido,
Y en campo de dolor su fértil llano
Tienen ¡ay!, convertido.

Tendió sus brazos la agitada España,
Sus hijos implorando;
Sus hijos fueron, mas traidora saña
Desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados?
¡Oh mi patria querida!
¿Dónde fueron tus héroes esforzados,
Tu espada no vencida?

¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente
Está el rubor grabado:
A sus ojos caídos tristemente
El llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron
En tiempos de ventura,
Y las naciones tímidas la vieron
Vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta,
Su frente se elevaba;
Como el trueno a la virgen amedrenta,
Su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto,
Yaces desamparada,
Y el justo desgraciado vaga incierto
Allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío
Pobre yerba y arena,
Y el enemigo que tembló a su brío
Burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera
Y dadla al vago viento:
Acompañad con arpa lastimera
Mi lúgubre lamento.

Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,
Lloremos duelo tanto:
¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?,
¿Quién secará tu llanto?

domingo, 4 de agosto de 2013

FRANCISCO: LAS BASES DE SU TEOLOGÍA

Opus Dei -
Nuestra Señora de Aparecida (Patrona de Brasil) y el Papa Francisco
 
 
Alberto Buela (*)
 
El primer viaje internacional que realizó el Papa Francisco fue al Brasil donde en una misa sobre la playa de Copacabana en Río de Janeiro juntó la friolera de tres millones de feligreses. No hay hoy en el mundo ningún dirigente político que junte tamaña cantidad.
 
Es sabido que los Papas y en general los grandes dirigentes del mundo hablan por hablar, en un discurso donde el “buenismo” campea en todas las oraciones, pero aquello que no dicen es, paradójicamente, lo que terminan haciendo. Esto es normal y así hay que tomarlo. Es que el simulacro es la moneda de cambio de los discursos públicos; de los discursos a las masas.
 
Francisco rompió esa regla de oro con dos frases emblemáticas: una cuando llegó: No traigo oro ni plata, traigo a Jesucristo y otra cuando partió: Río es el centro de la Iglesia.
 
El espaldarazo que le dieron los pueblos brasileño y argentino, y en general el pueblo hispanoamericano fue total. Este respaldo masivo tanto con la asistencia en persona (los tres millones) como mediática consolida su figura y su poder dentro y fuera de la Iglesia. Hoy Francisco no es Papa sólo para los católicos sino para todos.
 
Su mensaje resumido en no traigo oro ni plata sino a Jesucristo fija una posición clara y terminante frente a la sociedad de consumo, el capitalismo salvaje, el imperialismo internacional del dinero, como decía Pío XII. Y sobre todo frente a los ideólogos progresistas de una modernidad sin destino con sus propuestas de: relativismo moral y cultural, aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, sacerdocio femenino, anulación del celibato, consumo de drogas, exaltación del mundo gay, etc.
 
Francisco habló y dio las directivas: quiero pastores con olor a ovejas que salgan a la calle y a los jóvenes que hagan lío. En una palabra, hay que salir a evangelizar.
 
La diferencia en este aspecto entre las tres grandes religiones monoteístas del mundo, judaísmo, islamismo y cristianismo, es que los judíos no salen a convencer a los no judíos de las bondades del judaísmo. Ellos siempre se han comportado como un grupo cerrado y autocentrado en donde les es suficiente los que son. En su milenaria historia nunca buscó hacer proselitismo.
 
Mientras que el Islam y el cristianismo sí han buscado siempre extender su mensaje a otros pueblos. La diferencia entre ambos es que islamismo busca hacer prosélitos y difundir su mensaje “a palos”, por la fuerza y el cristianismo lo intenta realizar por la persuasión.
 
El otro rasgo significativo de su prédica brasileña fue el cambio de centralidad de la Iglesia: Río es la capital de la Iglesia. Esto no quiere decir que Roma deje de ser la sede de la Iglesia sino que los grandes conglomerados de católicos de las sociedades periféricas y sus demandas van a ser, de acá en más, los que produzcan sentido en el accionar de la Iglesia.
 
Y acá entra la figura del pueblo como categoría principal en la teología de Francisco. El pueblo para él es el “productor de sentido” y no las élites ilustradas que en el caso de la Iglesia sería el cuerpo colegiado de obispos y la curia romana.
 
Esta disyuntiva está claramente resuelta por Francisco a favor del pueblo cristiano y sus demandas, solicitudes y necesidades. Y en este sentido es él fácilmente ubicable en lo que se llamó teología popular o religiosidad popular.
 
Es poco conocida esta corriente ideológica que tuvo su fuente de inspiración en un eminente teólogo porteño que fue el padre Lucio Gera. Gera es la clave de bóveda para entender los planteos y los presupuestos teológicos de Francisco.
 
 
 
 

El teólogo argentino Lucio Gera (Italia, 1924 - Argentina, 2012)
 
 
 
Lucio Gera, un hombre elegante y fino, perito del Concilio Vaticano II, amigo de un primo hermano nuestro, Héctor del Río, en los tiempos en que inició su carrera de sacerdote como cura teniente en la parroquia de San Bartolomé. Él con su rescate de la religiosidad popular fue quien mayor oposición teológica ofreció, por afinidad de miras (la preeminencia del pueblo)1, a la teología de la liberación en Nuestra América.
 

 

Nosotros tuvimos ocasión de conversar con él unos meses antes de su muerte y nos dijo: “Alberto, el grave problema de la Iglesia hoy es el clericalismo, que es esperar todo de los curas. Es hora que los laicos tomen parte activa en la tarea de evangelización de la Iglesia”.

 
Y esto es lo que ha solicitado Francisco en Brasil como nudo y corazón de su mensaje.
 
La teología popular, que no es populismo, otorga la productividad de sentido al pueblo como sujeto de la historia, en contraposición a la teología marxista de la liberación que reserva ese privilegio a una clase social: el proletariado.
 
Confía en la expresión de la fe sencilla del pueblo, sobre todo del pueblo pobre, que no sufre ninguna mediación culta o Ilustrada que la desvirtúe.
 
Es por esto, por ese privilegio que Francisco otorga teológicamente al pueblo, que muchos en Argentina hablan del Papa peronista.
 
Nosotros creemos que no se debe hablar así, porque es un error encerrar al Papa dentro de un pensamiento político determinado. No se puede ideologizar el evangelio.
 
Cabría preguntarse cuales son las potenciales resistencias mundanas al mensaje de Francisco. En primer lugar la de todos aquellos que quieren hacer de la Iglesia católica una “nada de Iglesia”. Así, una Iglesia que acepte el aborto, el matrimonio gay, el sacerdocio femenino, que termine con el celibato obligatorio (Leonardo Boff). Que acepte la eutanasia, el divorcio irrestricto y el consumo de drogas. Todo ello haría de la Iglesia una “nada de Iglesia”, una no-Iglesia.
 
En el fondo, el gran enemigo de Francisco es “el catolicismo a la carta”. Catolicismo que, en general, es propuesto por los enemigos históricos de la Iglesia y propalado mañana, tarde y noche por los grandes medios masivos.
 
Francisco no tiene oro ni plata; no tiene ejércitos; no tiene poder terrenal y no existe ningún presidente ni Estado del mundo que se declare expresamente católico. La única posibilidad es, más allá de la asistencia del Espíritu Santo, recurrir a los pueblos periféricos de matriz cristiana (Europa es una naranja exprimida) para con su ayuda lograr cambiar el desorientado curso del mundo actual.
 
El conflicto que se le plantea a Francisco no es ya el de los años sesenta y setenta Iglesia-mundo sino el de Iglesia-poderes mundanos. Es que estos últimos están en manos anticristianas. Al menos en Iberoamérica, en los cuatro principales países, la clase dirigente brasileña es filo-evangélica, la de Argentina es filo-sionista, la de Colombia es pro-estadounidense y la de México pro-masónica. Es que hoy, como ha dicho el brillante Vittorio Messori: el anticatolicismo ha reemplazado al antisemitismo.
 
No es poca la lucha que le espera.
 
(*) arkegueta, enterno comenzante, mejor que filósofo buela.alberto@gmail.com
www.disenso.info 

sábado, 3 de agosto de 2013

LOS FUNDAMENTOS DEL IMPERIALISMO BRITÁNICO (2ª PARTE)



Dedicado a la gloriosa memoria de todos los españoles muertos ante la Roca de Gibraltar en lucha contra el imperialismo inglés y por la integridad territorial de la Sagrada España.


Es segunda parte del artículo LOS FUNDAMENTOS
DEL IMPERIALISMO BRITÁNICO (1º PARTE)

Por Manuel Fernández Espinosa
Estamos acostumbrados a entender el imperialismo inglés como un fenómeno moderno (en efecto, el imperio británico llega a su paroxismo en el siglo XIX), pero sus precedentes son bastante remotos. Uno de los primeros prohombres ingleses que convierte la eliminación de Castilla en imperativo geopolítico (para Inglaterra enseñorearse de los mares sin rival) es Juan de Gante (1340-1399), hijo de Eduardo III de Inglaterra y Duque de Lancaster. Tras la Tregua de Brujas (año 1375), uno de los hitos de la Guerra de los Cien Años que enfrentó a Inglaterra y Francia, Castilla había salido reforzada, el gran historiador D. Luis Suárez Fernández comenta sobre el particular: “la tregua de Brujas incluyó el reconocimiento de que Inglaterra ya no era dueña del mar, sino que éste, para los próximos doscientos años, sería dominado por los españoles”. Así las cosas, Juan de Gante (que por poco si llega a ser rey de Castilla por su matrimonio con Constanza de Castilla, hija de Pedro I) convence a los Comunes de la necesidad inexcusable de poner fuera de juego a Castilla, para recobrar el dominio de los mares. Era menester, a juicio del Duque de Lancaster, llevar la guerra a Castilla, avivar los conflictos peninsulares.
 
Juan de Gante, Duque de Lancaster
 
Empero no se trataba de una cuestión tan simple que se limitara a factores estrictamente económicos y políticos (lo cual sería una interpretación reduccionista), en la cuestión estaba involucrada desde temprano la herejía. El Duque de Lancaster protegía al hereje John Wycliff (circa 1320-1384) que, en correspondencia al amparo de su señor, combinaba sus proposiciones heréticas en conformidad a las conveniencias de Juan de Gante. Wycliff es considerado, en justicia, como precursor de Martin Lutero (aunque no esté del todo claro si Lutero lo llegó a conocer en profundidad, los postulados heréticos de Wycliff se anticiparon a los del alemán). Para apoyar las propuestas del Duque de Lancaster y allegar dinero con el que afrontar la intervención en la Península Ibérica, Wiclyff sugería que se expropiara las rentas eclesiásticas para acometer las empresas que Juan de Gante proponía como necesarias para recobrar el dominio del mar, incrementar el comercio exterior insular y que esto redundara en la prosperidad inglesa. Como vemos, Castilla era un obstáculo para los intereses ingleses y el obstáculo había que removerlo. Sin embargo, aunque los ingleses lo intentaron no lograron alcanzar sus propósitos. Lo cual no quiere decir que, en los sucesivos siglos, depusieran la línea principal de su política: la talasocracia eliminando a Castilla (o, en su momento, España). Causa admiración la tenacidad y la constancia de la política inglesa que, en las más adversas circunstancias puede silenciarse, pero que persiste latentemente, como una corriente subterránea, y que, cuando considera llegado el momento oportuno, se hace manifiesta. Esta estrategia inglesa que, de antemano cuenta en su perfidia con la traición a todos los pactos, es la que Baltasar Gracián atribuía al carácter inglés, cuando escribió “La Inconstancia aportó a Inglaterra”. Inconstancia, se entiende, a la hora de cumplir los pactos.
John Wycliff


 
La unificación de las coronas de Castilla y Aragón, sentadas las bases del dominio marítimo castellano en el Atlántico y del aragonés en el Mediterráneo, la culminación de nuestra reconquista con la toma de Granada, el descubrimiento de América y la expulsión del factor desestabilizador de la comunidad judía, todo ello en el año 1492, bajo la égida gloriosa de nuestros Reyes Católicos, dejaría a Inglaterra mucho más atrasada de lo que quedó en la Tregua de Brujas. Era prácticamente imposible alcanzar a España en su carrera. Con Felipe II como Rey de Portugal el poderío de España llegaba a su máximo esplendor: la hegemonía española era total (aunque tenía muchos frentes abiertos, instigados todos ellos por el odio y el rencor judaico que no ha perdonado todavía hoy, siglo XXI, la expulsión decretada por los Reyes Católicos). Toda Europa miraba con envidia y odio a España en su supremacía y una de las naciones que más nos maldecía era Inglaterra.

EL HUMANISMO RENACENTISTA QUE LLEGÓ A INGLATERRA


El Renacimiento había supuesto una revolución cultural (en sus dimensiones literaria, artística, científica, etcétera…) difícil de comprender en su cabal alcance. Para que se produjera esa eclosión había sido clave el divorcio de Fe y Razón y en esta ruptura una figura había sido decisiva: el franciscano inglés Guillermo de Ockham (circa 1280-1349). El foco del Renacimiento, indudablemente, hay que localizarlo en la península itálica, pero si la expresión de las artes plásticas se desarrolla en toda su exuberancia en territorio italiano particularmente,  el “humanismo renacentista” pronto cundió por toda Europa. Sin embargo, el “humanismo renacentista” no era un producto cultural uniforme e inocuo: traía consigo un desprecio por todo lo medieval (que incluía, como no podía ser menos, el rechazo a la filosofía de Aristóteles) y asimismo traía consigo una fuerte carga de filosofía hermética, donde no faltaban la alquimia y la magia. Hasta en los países donde la ortodoxia católica era más férrea –como España, con su Inquisición- la recepción del humanismo trajo incorporados elementos esotéricos (es el caso de nuestro Arias Montano).


Pierre de la Ramée

El retórico, lógico y humanista francés Petrus Ramus (Pierre de la Ramée, 1515-1572) fue el exponente más furibundo del anti-aristotelismo. Ramus murió, habiendo abrazado el protestantismo, víctima de los tumultos de la masacre de San Bartolomé. La obra de Ramus logró un éxito inusitado en Inglaterra, cuya intelectualidad, con los antecedentes del anticlerical Chaucer, del nominalista Ockham y el hereje Wycliff, estaba predispuesta a recibir con agrado toda crítica que enfatizara el descrédito de la tradición escolástica, fundada en la interpretación que Santo Tomás de Aquino había hecho de Aristóteles. Y con los antecedentes más arriba mencionados, en el ambiente de convulsión religiosa que se vivió durante el siglo XVI en Inglaterra (a cuenta del cisma de Enrique VIII), era de esperar que la mayoría de intelectuales ingleses fuesen fatalmente atraídos por la filosofía hermética, por la magia y la heterodoxia. Y estos, precisamente, son los fundamentos meta-políticos del imperialismo inglés:

1. La herejía: John Wicliff y los wicliffitas se anticipan incluso a los protestantes –stricto sensu- del continente europeo: Lutero, Calvino, etcétera. Y la corriente herética, propuesta por Wicliff, presenta los rasgos que se definirán en los llamados “reformadores”: odio al Papado (que identificaba con el Anticristo, en la típica tradición protestante), demagógica predicación de la pobreza (proponiendo el expolio sistemático del clero: Wicliff tenía pingües beneficios que mantuvo a salvo, sin aplicarse a sí mismo la enajenación de bienes que invocaba para el resto del clero inglés), la Biblia (que tradujo al inglés como le dio la gana: Wicliff no era un traductor solvente), negación de la transustanciación y, en eclesiología, esa especie de “comunidad eclesial invisible” formada por los predestinados a ser salvos. Los wicliffitas continuaron, tras su condenación papal y persecución civil a cuenta de las alteraciones revolucionarias en que se vieron involucrados, enquistados en la universidad de Oxford. En Inglaterra el protestantismo (de John Knox, 1514-1572) encontró un terreno fértil para dar sus frutos; en la isla las proposiciones calvinistas no eran novedades.

2. El anti-aristotelismo (que tanta tradición tenía en Inglaterra) y que se afianzará luego en el empirismo (John Locke; padre del liberalismo político) con todo su rechazo de la metafísica (en el caso de David Hume; con su emotivismo moral) y, posteriormente, entre el XVIII y el XIX, esta tradición tan inglesa desembocará en el utilitarismo inglés (Bentham, Stuart Mill, etcétera). Este anti-aristotelismo hay que considerarlo en tanto que pone las bases de una ciencia que prescinde de la metafísica, que se hace contra la metafísica y que busca, en último término, la aplicación técnica.

3. La filosofía hermética (entendiendo como tal algo poco sistematizado, pero que fluía como una corriente en todas las actividades intelectuales y científicas. Hay, por un lado, una pretensión de instaurar los cimientos de la ciencia moderna, pero –esto bien lo ocultan- estas ideas no dejan de ser deudoras de una concepción mágica del universo. Es manifiesta la voluntad de intervenir en la naturaleza, para ponerla al servicio del científico (un brujo); y tengamos en cuenta que la voluntad es el poderoso secreto de toda magia.

GALERÍA DE PROTO-IMPERIALISTAS INGLESES

Sí. Parece increíble, disparatado. Pero el imperialismo inglés se fundó, desde sus inicios, en: 1. La herejía; 2. El anti-aristotelismo y 3. En la magia. Y vamos a poder verlo presentando muy someramente a las personalidades que consideramos precursores conscientes de ese imperialismo inglés. Podríamos incluir a muchos más, pero por mor de la brevedad, queremos presentar a: John Foxe (1516-1587), John Dee (1527-1608), Walter Raleigh (1552-1618) y Francis Bacon (1561-1626).


John Foxe

John Foxe (1516-1587) era un furibundo y declarado anti-español. Su anti-españolismo lo compartía con la gran mayoría de sus compatriotas, pero ninguno de ellos contribuyó como él a crear una monumental obra que rebosaba odio anti-católico y anti-español y titulada “Actes and Monuments of these Latter and Perillous Days, touching Matters of the Church” (publicado en 1563, más conocido como “El libro de los mártires” de John Foxe). Esta obra de Foxe tuvo muchas ediciones y, además de su envergadura (la segunda edición se dio a la estampa en dos volúmenes con 2300 páginas), estaba profusamente ilustrada, lo cual fue un éxito en tanto que lograba excitar el odio a la Iglesia católica (los papistas) y fomentar la hispanofobia. Ahí es nada, John Foxe llegó a identificar a España con el Anticristo y la influencia de su aversión visceral penetró en el corazón de muchos ingleses que hicieron del odio a España algo consustancial a su patriotismo inglés (se pueden encontrar vestigios de Foxe en el poeta John Milton, como en tantos otros nombres de la cultura inglesa).


John Dee en plena invocación necromántica


John Dee (1527-1608) es uno de los precursores del imperialismo inglés, hasta tal punto que se le atribuye a Dee el haber acuñado la expresión “imperio británico”. Fue filósofo hermético, astrólogo (le hizo una carta astrológica a nuestro Felipe II), estudió en Cambridge y Amsterdam, profesó en el Trinity College y enseñó astrología judiciaria en Lovaina. Ser uno de los matemáticos más prestigiosos de su época no le impedía dedicarse con fervor a todas las artes nigrománticas, desde la astrología hasta la alquimia, pasando por la necromancia precursora del espiritismo. Su sociedad con el supuesto alquimista Eduardo Kelly fue calamitosa para John Dee. Fue consejero de Isabel I.


Walter Raleigh

Walter Raleigh (1561-1626), fue conocido en la España de la época como “Guantarral” y sus muchas operaciones de piratería contra España redujeron su figura al papel de pirata. Pero Raleigh no fue un pirata cualquiera, como los de las películas. Raleigh era un hombre de gran cultura, que cultivaba a su vez varias ciencias desde la medicina hasta la ingeniería y toda su actividad intelectual y “científica” estaba ordenada según un sentido pragmático, por eso experimentó para conseguir remedios contra el escorbuto (lacra de la marinería), intentó fórmulas para conservar los abastecimientos, también se las ingenió para perfeccionar aparatos varios para una mayor eficacia en la navegación… Todo lo que Raleigh investigaba no era por amor al conocimiento, sino que era para ponerlo en práctica; y él mismo lo ponía en práctica, pues Raleigh concibió la colonización inglesa de América del Norte y en 1584 fundó la colonia de Virginia. Alrededor de Raleigh, cuando éste estaba en Inglaterra, se fue formando un grupo anti-español de literatos, científicos y librepensadores. El grupo se llamó la Escuela de la Noche y, entre los más eminentes miembros, estuvo en él el dramaturgo y poeta Christopher Marlowe (1564-1593), al que volveremos más abajo. Raleigh terminó mal sus días, fue encarcelado en tiempos de Jacobo I bajo la acusación de conspirar contra el rey inglés. Puesto en libertad, comandó una segunda expedición a iniciativa propia contra la Nueva Andalucía (con la pretensión de conquistarla y convertirla en Guayana Británica). Los buenos oficios de nuestro embajador en Londres, D. Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, lograron que fuese prendido por hostigar los intereses españoles y, si Gondomar no consiguió que lo ahorcáramos en España, el rey inglés –entonces en buenas relaciones con España- mandó ejecutarlo en Londres.


Francis Bacon

No podemos finalizar esta galería de precursores del imperialismo inglés sin mencionar a Francis Bacon (1561-1626). Tal vez el más conocido de los que hemos presentado, afamado por su labor filosófica. En él se resumen herejía, anti-aristotelismo y magia, todo ello concentrado en su filosofía, la misma que trató de aportar un “Novum organum” (año 1620) como alternativa al “Organum” aristotélico; también escribió Bacon una obra considerada como utópica: la “Nueva Atlántida”, donde se especula sobre una sociedad totalmente transformada por la ciencia aplicada, la técnica. El concepto de ciencia que barajaba Francis Bacon no estaba desprovisto de componentes mágicos. Francis Bacon desempeñó importantes cargos políticos.



Christopher Marlowe

Hemos aludido más arriba al dramaturgo Christopher Marlowe (que en su tiempo fue considerado como un ateísta y libertino homosexual) y dijimos que volveríamos a él. Queremos cumplir con ello, pero abreviando mucho. Marlowe ofrece en su producción dramática, mejor que cualquier otro, el prototipo humano del imperialista inglés (que no es el gentleman, sino una figura fáustica). Marlowe escribió “La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto” (siglos después Goethe haría su propia versión). En la psique del doctor Fausto puede resumirse el espíritu que animó a Inglaterra a dominar el mundo: el pacto con Satanás, habiendo perdido el temor de Dios y prometiéndose con las malas artes de la magia todo el poder de la tierra, ese poder que envidiaba al verlo en las manos de España, la potencia católica por excelencia.

Con estos versos de su “Fausto” se expresa todo lo que Inglaterra ha ambicionado y ha querido y, hasta cierto punto, ha tenido, pero -no lo olvidemos- pactando con las fuerzas más siniestras: la herejía y la magia.

“Aunque tuviera tantas almas como estrellas,
Todas las daría a cambio de Mefistófeles.
Con él seré yo el gran emperador del mundo;
Tenderé un puente sobre el viento
Para cruzar el océano con mi ejército;
Uniré las cumbres que ciñen la costa africana
Y será un solo continente con España,
Tributarias ambas de mi corona.
No vivirá el Emperador sino por mi deseo,
Como los demás potentados de Alemania”.

No se ha podido declarar una voluntad de poder con más sinceridad que la que pone Marlowe en boca de Fausto.

Pero que no lo olviden nunca: el diablo termina cobrándose su parte, llevándose el alma de quien pacta con él.
 
BIBLIOGRAFÍA:
 
"Raíces históricas del luteranismo", Ricardo García-Villoslada, S. I. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1976.
 
"Historia de la Filosofía", Emile Bréhier, Editorial Tecnos.
 
"El Criticón", Baltasar Gracián.
 
"La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto", Christopher Marlowe, Editorial Cátedra Letras Universales.
 
"La filosofía en la Edad Media", Étienne Gilson, Editorial Gredosç.
 
"La revolución cultural del Renacimiento", Eugenio Garin, Crítica Grupo Editorial Grijalbo.
 
"Historia Universal", "De la crisis del siglo XIV a la Reforma", bajo el cuidado de Luis Suárez Fernández, Eunsa.
 

 
 
Escrito el 3 de agosto de 2013, 309 años después de la conquista de Gibraltar por las fuerzas piratas y ocupantes de la Pérfida Albión.

viernes, 2 de agosto de 2013

LOS FUNDAMENTOS DEL IMPERIALISMO BRITÁNICO (1º PARTE)

"El último de Gibraltar": Sargento Mayor de Batalla D. Diego de Salinas, 1704. Cuadro de Augusto Ferrer Dalmau


GRAN BRETAÑA Y ESPAÑA:
LA HOSTILIDAD MULTISECULAR
 
Por Manuel Fernández Espinosa
Más allá de las fricciones -históricas o actuales- entre Inglaterra y España a cuenta del contencioso de Gibraltar (algo que desde 1713 a 2013, como puede suponerse, ha acumulado tantos episodios que sería prolijo enumerar y comentar en particular), me propongo con estos renglones averiguar las razones profundas de esta enemistad multisecular entre Inglaterra y España. Se trata de una hostilidad anterior al año en que los ingleses se apoderaron de Gibraltar (1704). Una hostilidad que parece aplacarse –sin disolverse nunca del todo- tan solo cuando en Inglaterra o en España (en España, con mayor frecuencia) ocurre un gobierno que, por debilidad o ineptitud, renuncia a la tradición geopolítica de su respectiva nación.

En adelante, a lo largo de este artículo, vamos a emplear el nombre de Inglaterra como sinónimo de Gran Bretaña, a sabiendas de que no son lo mismo; pero por comodidad y, simultáneamente, reconociendo que Inglaterra es el factor aglutinante de todos los territorios que vendrían a formar en el curso de la historia lo que llamamos Gran Bretaña.

Como su título indica, el artículo también pretende ofrecer, a manera de aproche, una aproximación a los pilares ideológicos y a las personalidades inglesas que pusieron los cimientos sobre los que reposó el imperialismo inglés. Y esta indagación no se hará desde el punto de vista histórico (que nos parece accesible a través de la historiografía vulgar y que sería fácil de historiar), sino que se acometerá desde un punto de vista meta-político, tratando de patentizar los fundamentos meta-políticos; y esta cuestión –lo diremos- no nos parece suficientemente estudiada en España, pese a irnos tanto en ello. La ignorancia de esta cuestión entre el público español nos parece de por sí un indicio de la idiotez en la que ha vegetado, a lo largo de siglos, nuestra endogámica casta dirigente, esa supuesta elite que –cuando ha sido de signo derechista o centro-derechista, como ahora prefieren autodenominarse- ha padecido un constante achaque: el ridículo complejo de inferioridad frente a la cultura inglesa (al igual que las izquierdas lo tienen frente a la cultura francesa). Esto ha sido así, hasta intolerables extremos de lacayuno sometimiento a los dictados culturales de nuestros enemigos históricos y, en política, se ha traducido muchas veces en un deplorable mimetismo, imitando a los ingleses, como monos de feria (aquí, baste recordar a Antonio Cánovas del Castillo, trasplantando el modelo parlamentario británico, o a Manuel Fraga Iribarne con bombín).

Los españoles siempre hemos rendido honor a nuestros enemigos y eso está bien por ser prueba de nobleza. En este respeto al adversario no hemos inventado leyendas negras contra él ni hemos tenido la picardía de propagar las barbaridades históricas que ha cometido. Al revés, siempre nos ha complacido reconocer las virtudes del adversario. Diego Saavedra Fajardo, un autor que no fue escritor de gabinete, sino hombre práctico, con mucho mundo recorrido en su labor como diplomático, escribió de los ingleses:

“Los ingleses son graves y severos. Satisfechos de sí mismos, se arrojan gloriosamente a la muerte, aunque tal vez suele movellos más un ímpetu feroz y resuelto que la elección. En la mar son valientes, y también en la tierra cuando el largo uso los ha hecho a las armas” (1).

Con anterioridad a Saavedra Fajardo, otro viajero español, el jaenero Pedro Ordóñez de Ceballos, quedó muy gratamente impresionado de lo que pudo ver en Inglaterra, cuando la visitó en el siglo XVI, escribiendo:

“Tomé por el puerto de Adover (sic), en Inglaterra, y de allí fuimos seis compañeros a Londres, y me holgué mucho de ver aquella ciudad, y es lástima que gente tan buena, en lo moral esté errada. Yo tengo para mí, según vide sus tratos, buenas palabras y mejores obras, que es de las mejores naciones del mundo, y puede competir con franceses, italianos y otras muchas; y ellos se tienen, después de los españoles, por los mejores. Y poco valiera el pensarlo si no lo mostraran, como en efecto lo muestran, en las obras. Y, así, cuando vi su trato, proceder y personas, se me acordó del dicho de San Gregorio Magno, donde los llama ángeles en la tierra” (2). 
 Pedro Ordóñez de Ceballos,
aventurero y misionero español de Asia
 

En estos renglones no asoma ni un resquicio de desprecio por los ingleses, todo lo contrario, el español reconoce su valentía. Pero también hubiera sido conveniente que, por nuestra parte, reconociéramos la inteligencia de que hizo gala el imperialismo británico en el curso de los siglos. No fueron exclusivamente hazañas de valentía las que levantaron el imperio británico, sino que lo construyó la tenacidad y la prudencia de una excelente aristocracia que, además de cultivar su autoestima, conocía su tradición y se cuidaba de tener a punto su inteligencia, en exquisitos ámbitos que iban desde las universidades hasta sus selectos clubes: una aristocracia que era consciente de una tradición política y que se había educado en la perpetuación de esas líneas maestras que trazaron el edificio de un gran imperio: el “Rule Britannia”. Unas elites dirigentes que no se permitían la improvisación más allá de lo justo y que obedecían de consuno, por encima de diferencias partidistas, a un gran plan de dominio universal.

Sin embargo, en España, qué otra sería nuestra suerte. Nuestra aristocracia decadente (Quevedo ya lo denunciaba en su tiempo) fue languideciendo, degenerando en esa caricatura repugnante del “señorito”, extranjerizándose y negándose, hasta tal punto que, llegado aquel año de la gran prueba, año 1808, el bajo clero y el pueblo mostraron que eran los auténticos valedores y portadores de los valores y virtudes de la raza hispana.

Solo pocos hombres vieron con claridad lo que nos estaba sucediendo y las razones por las que nos ocurrían las cosas. Una de las mentes más portentosas de la deplorable escena política de finales del XIX y principios del XX fue Vázquez de Mella.

Inglaterra, en palabras de Vázquez de Mella:

“No puede ser grande, por la desproporción entre su población y los productos de su suelo, si viviera replegada dentro de sí misma: tiene que ser grande dominando el mar, y para dominar el mar necesita dominar el Estrecho, y para dominar el Estrecho necesita dominar la Península Ibérica, y para dominar la Península Ibérica necesita dividirla, y para dividirla necesita sojuzgar a Portugal y sojuzgarnos a nosotros en Gibraltar. Y eso ha hecho. Recorred su historia; miradla con relación a España, y veréis que, para dominarla y dividirla, no empieza por Gibraltar ni por el Estrecho: empieza por Portugal.” (3)

En este sentido, un pensador alemán, Oswald Spengler, observaba que:

“El que poseía los puntos de apoyo de la flota, con sus docks y sus reservas de material, dominaba el mar, independientemente de la fuerza de sus escuadras. El Rule Britannia reposaba, en último fondo, en la cantidad de colonias de Inglaterra; colonias que existían para los buques, y no al contrario. Esta fue en adelante la importancia de Gibraltar, Malta, Aden, Singapur, las Bermudas y muchos otros apoyos estratégicos antiguos.” (4)

La multisecular hostilidad entre Inglaterra y España no es asunto de antipatías ni caprichos. Se trata, más bien, de un imperativo geopolítico que primero lo supo ver Inglaterra, antes que España. Por muchas razones históricas, España había llegado a alcanzar la hegemonía universal, con antelación a Francia y a Inglaterra. La gran política inglesa (y toda “gran política” es asunto de supervivencia) no podía ser tal sin entrar en conflicto con la primera potencia mundial, en aquel entonces España. Es por ello que, incluso más que Francia, Inglaterra necesitaba hostigar a España, dividir a España (para vencerla) y someterla por las vías que fuese menester (mediante la introducción en España de las más mortíferas ponzoñas: la masonería, el protestantismo, el liberalismo, alimentando los nacionalismos centrífugos de las regiones españolas), hasta alcanzar su objetivo: hundir a España, impedir que levantara cabeza y, si era necesario, aniquilar España. El imperialismo británico no hubiera podido ser imperialismo mientras existiera la amenaza española.

La clave de la gran política británica para lograr y conservar su hegemonía mundial fue siempre la eliminación de España y su estrategia una luenga política de desgaste. Y esto ha sido así hasta nuestros días. Y de tal manera que los problemas generados por Inglaterra casi siempre nos sorprendieron por desprevención. Los españoles, más ingenuos y cándidos, incluso llegamos a pensar, en algunos momentos históricos, que los intereses de Inglaterra y España convergían y, por lo tanto, éramos aliados. Pero las alianzas con Inglaterra nunca fueron cumplidas con lealtad, de ahí nació el famoso dicho: “La pérfida Albión”. Y tal ocurrió, por ejemplo, con la Guerra de la Independencia contra el invasor napoleónico. Sobre esta alianza entre Inglaterra y España, contra Napoleón Bonaparte, escribía Karl Marx:

“Es un hecho curioso que la mera fuerza de las circunstancias empujara a estos exaltados católicos [los españoles] a una alianza con Inglaterra, potencia que los españoles estaban acostumbrados a mirar como la encarnación de la herejía más condenable, poco mejor que el mismísimo Gran Turco. Atacados por el ateísmo francés, se arrojaron a los brazos del protestantismo británico”. (5)

La agresión napoleónica pudo hacernos compañeros de viaje a ingleses y españoles, pero el viaje lo pagamos bien caro. Además de hacer creer que sin su presencia nunca hubiéramos expulsado a los franceses, las tropas aliadas británicas destrozaron en España –y sin necesidad militar- todo el tejido industrial que encontraron a su paso y que se había ido levantando en España desde Carlos III. Así fue como Wellington ordenó bombardear la industria textil de Béjar; en Madrid, después de la evacuación napoleónica, los ingleses también destruyeron la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro.

Mientras que Wellington y sus hordas aprovechaban su estancia en la península para destruir las infraestructuras españolas que -industrial y comercialmente- eran potenciales competidoras de las inglesas, no cesaron tampoco los ingleses de inocular el virus ideológico. De esta guisa fue como contaminaron, a través de la clandestina e incipiente red masónica que urdieron en España, los cuadros militares del ejército español, llenándoles la cabeza de pájaros a los oficiales y suboficiales de nuestro ejército y, una vez ganados a la causa liberal, se convirtieron –consciente o inconscientemente- en los principales colaboracionistas del imperio británico contra nuestros propios intereses nacionales. El nefasto liberalismo político, tan extraño a nuestras raíces, fruto tan ridículo y bastardo pese a todo el prestigio que nuestros actuales tontos y traidores le conceden, fue el que, andando el tiempo, se convirtió en el foco de alteraciones constantes, de pronunciamientos militares, de golpes de mano, de conspiraciones y asaltos al poder, protagonizados por esos españoles desnaturalizados que habían abrazado las mentiras liberales: ese fue nuestro siglo XIX y el liberalismo fue nuestra pesadilla constante desde 1812 a nuestros días, fuente inagotable de derramamientos de sangre entre españoles. Las guerras carlistas no fueron otra cosa que la reacción, diríamos que biológica, del cuerpo social más sano de España contra ese veneno que reptaba en los antros masónicos y que pugnaba por encaramarse a las cámaras legislativas y, una vez arriba, desde nuestros mismos órganos dirigentes, ejecutar nuestra destrucción.

Casi todo se lo debemos al imperialismo inglés.

NOTAS:

1.       Diego Saavedra Fajardo, “Idea de un príncipe político cristiano, representada en cien empresas (año 1640)

2.       Pedro Ordóñez de Ceballos, “Viaje del mundo” (año 1614). Pedro Ordóñez de Ceballos nació en Jaén, muy posiblemente el año 1547, y tras recorrer el mundo, regresó a Jaén, para escribir sus libros de viaje y morir en su tierra natal el año 1635. Desde muy joven zarpó de Sevilla y emprendió una vida aventurera, siendo el primero que daría la vuelta al mundo desde América. Ejerció como comerciante, como soldado, como conquistador y, una vez ordenado sacerdote, fue misionero en Asia, destacando en la evangelización de la Conchinchina. Cuando Ordóñez de Ceballos dice “Adover” hay que entender “Dover”. Cuando cita a Gregorio Magno, Ceballos alude al episodio en que el Papa Gregorio, visitando el mercado de Roma, se encontró con un grupo de esclavos ingleses que iba a ser vendidos, preguntó su procedencia y alguien le respondió al Romano Pontífice: “Son anglos”. Gregorio Magno contestó: “Non angli sed angeli” (“No son anglos, son ángeles”). Además de “Viaje del mundo”, en edición y con prólogo del argentino Ignacio B. Anzoátegui, de la Colección Austral, España-Calpe Argentina, es muy recomendable el estudio monográfico “Pedro Ordóñez de Ceballos. Vida y obra de un aventurero que dio vuelta y media al mundo”, de Raúl Manchón Gómez, publicado por la Universidad de Jaén, año 2008.

3.       Juan Vázquez de Mella, “Dogmas nacionales”, Obras Completas del Excelentísimo Señor Don Juan Vázquez de Mella y Fanjul, Volumen Duodécimo, Junta de Homenaje, año 1932, pp. 141-142.

4.       Oswald Spengler, “Años decisivos. Alemania y la evolución histórica universal”, Colección Austral, Espasa-Calpe, traducción de Luis López-Ballesteros, año 1962, pág. 58.

5.       Karl Marx, “La España revolucionaria”, edición de Jorge del Palacio, Alianza Editorial, año 2009, pág. 49. 

 

UN LUSTRO SIN ALEKSANDR SOLZHENITSYN

 
 
SOLZHENITSYN, UN CLÁSICO RUSO SIEMPRE ACTUAL
 
 
El 3 de agosto, hace cinco años, fallecía en Moscú el gran polígrafo Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn. Conocidísimo por su "Archipiélago Gulag", entre otras grandes obras. Entre las muchas verdades que escribió, rescatamos para pensarla hoy, ésta:
 
"Cuando optamos por guardar silencio ante el mal, cuando lo enterramos tan hondo dentro de nosotros hasta que no asoma ningún vestigio de él al aire libre, en realidad, lo estamos sembrando y retornará a la superficie multiplicado por mil. Cuando no castigamos o culpamos a quienes hacen el mal, no estamos simplemente protegiendo su banal vejez, sino que estamos destrozando las bases de la justicia para las generaciones futuras."
 
El gran maestro ruso siempre estará presente entre nosotros. Su magisterio quedó en sus libros, en el grandioso testimonio de su resistencia y la resistencia de la Santa Rusia.

Recomendamos: http://poemariodeantoniomorenoruiz.blogspot.com/2012/09/apologia-de-solzhenitsyn.html

jueves, 1 de agosto de 2013

¿QUÉ IGLESIA QUEREMOS: UNA NO-IGLESIA?

 
Alberto Buela (*)
 
Desde el Vaticano II (1965/68) venimos leyendo y escuchando que la Iglesia debe “abrirse”, debe “estar a la altura de los tiempos”, debe “modernizarse”, debe “aggiornarse”, debe “hacerse simpática al mundo”, debe, en definitiva “cambiar”.
 
Esto es, desde hace, por lo menos medio siglo, cincuenta años, que todos los medios masivos de comunicación se proponen “cambios”.
 
Y ¿cuáles son los cambios propuestos?: aborto, eutanasia, sacerdocio femenino, anulación del celibato sacerdotal, divorcio irrestricto, manipulación genética, matrimonio homosexual, aceptación de valores gay, anulación del papado, conducción colegiada, la anulación de alguno de los dogmas y muchos más.
 
Es cierto, que todos estos cambios no tienen la misma jerarquía, pues unos son dogmáticos (la primacía del Papa), otros cuentan con el apoyo científico (aborto) y otros son opinables (celibato sacerdotal), pero si hacemos efectivos todos, la Iglesia se transformaría en una no-Iglesia.
 
Pero ¿quiénes son los que solicitan estos cambios?. Son los beneficiados por estos cambios: los grandes laboratorios, los grandes estudios de abogados divorcistas y abortistas, los homosexuales enriquecidos, las iglesias que buscan el debilitamiento de la católica. En general, estos grandes lobbies son anticatólicos.
 
Ayer y hoy, dos días después de la majestuosa visita de Francisco al Brasil, el diario porteño de La Nación, vocero desde hace 100 años del liberalismo y la masonería argentina, publica en primera página como el gran logro del Papa en tierra carioca: ¿Quién soy yo para juzgar a los gays? Y Una iglesia más limpia y menos cerrada.
 
Cuando en realidad el mensaje de Francisco fue: no traigo oro, ni plata, traigo a Jesucristo y Río es el centro de la Iglesia.
 
Subleva la manipulación interesada de un mensaje claro y distinto. Esto se debe a los intereses de los poderes indirectos, que son anticristianos.
 
El Papa dijo ante la pregunta en el avión de regreso a Roma: ¿Y el lobby gay? Cuando uno se encuentra con una persona que es así, debe distinguir entre el hecho de ser gay y el hecho de hacer lobby, porque ningún lobby es bueno. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad ¿quién soy yo para juzgarla?. Y el diario La Nación publica en su primera página con titulares tipo catástrofe: Otro gesto del Papa: ¿Quién soy yo para juzgar a los gays?.
 
Y al otro día pide a través de su escriba oficial: una iglesia más limpia y menos cerrada.
 
Y para convalidar esto llama a un pavote ilustrado, que no es filósofo sino becario eterno del Estado italiano, como Giovanni Reale, que de católico tiene lo que yo de chino, para que afirme: es algo bueno que los católicos conservadores se alejen de la Iglesia. Lutero tenía razón para que se quitara a la verdad evangélica todo lo que la Iglesia de Roma le había agregado.
 
Primero la Iglesia no tiene conservadores como los partidos políticos; si algo tiene es progresistas y tradicionalistas, pero toda esta es una distinción ilustrada. La Iglesia es el pueblo de Dios, donde hay de todo. Y ese pueblo que participa de la Iglesia ve en ella un mensaje de salvación que no se limita a un mensaje social o a un recetario de modelos políticos.
 
Y segundo, si Lutero tenía razón, porqué no se hace luterano y listo el pollo.
 
Estos carajos, porque no son otra cosa, no ven el mensaje de salvación, primordial tarea de la Iglesia, y si lo ven, lo distorsionan. Si miramos bien, observaremos que en el fondo es una gran demanda que desde la Ilustración y la modernidad se le hace a la Iglesia, pero no es una demanda popular.
 
El gran Franz Brentado, el eslabón perdido de la filosofía contemporánea, enseñaba que el saber de la Iglesia es, esencialmente, un saber de salvación y que los saberes humanos son en ella una añadidura. (1)
 
Por eso nos enseñaban de niños, y esto lo cuentan también filósofos como Alberto Rougés y teólogos como Leonardo Castellani, el viejo verso:
 
Aquel que se salva sabe
Y el que no, no sabe nada.
 
Y la Iglesia cuando sabe es cuando habla de la salvación.
 
Francisco ha sido claro: queremos una Iglesia pueblo; una Iglesia callejera; una Iglesia que confiese a Jesucristo; una Iglesia que se respalde en María: una Iglesia que salga de las sacristías. “Y todo lo demás se dará por añadidura”. Y si pudiéramos hablar de un enfrentamiento teológico en Francisco sería entre pueblo e ilustración.
 
En el fondo Francisco intenta recuperar la sacralidad de la Iglesia, cosa dificilísima y algo que aquellos que desde hace medio siglo vienen proponiendo cambios, ignoran totalmente. Es que ellos ven en la Iglesia una simple institución social y política mundana, mutilando su impronta y aspecto sobrenatural.
 
                                          
(*) Arkegueta, eterno comenzante, mejor que filósofo buela.alberto@gmail.com www.disenso.info
 
NOTAS:
 
(1) Esta fue la causa por la cual Brentano, en silencio y recogimiento, dejó la Iglesia a propósito del Vaticano I de 1870, dejando Berlín por Viena.